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A pedradas con las ardillas

Ocurrió en la Nogalera de Burlada. Como en muchas ocasiones aparecieron un montón de niños y niñas traídos por profesores y profesoras a esta zona del Arga. Habitualmente muchos colegios, incluso de sitios ajenos a Burlada, eligen este lugar para actividades extraescolares; y, habitualmente estas actividades consisten en ejercicios de orientación en el espacio. En esto son poco originales, pues sean colegios públicos o privados siempre se trata de la misma actividad de orientación, como si hubiera un “corta y pega” que va pasando de colegio en colegio a través de la comarca: las mismas fotos, las mismas instrucciones… En rara ocasión, sientan a los niños y niñas en el corro circular del quiosco junto al parque de columpios y sacándoles unos dibujos de animales les explican algunas cosas sobre ellos.

Y así ocurrió que se acabó la actividad y les dieron rienda suelta para que se esparcieran un poco por el bosque. De pronto veo como una cuadrilla de niños y alguna niña tiraba piedras hacia los árboles y me fijo que la diana eran ¡ardillas!; que salía corriendo, claro está, intentando zafarse de la “lapidación”. Súbito, voy corriendo hacia ellos, intento controlar mi enojo y pararles pausadamente pero con firmeza. Un poco les grito. Una niña justifica la acción de los chicos de la cuadrilla con una voz un tanto forzada: “lo ha hecho sin querer” [sic!?].

¿Cómo es que quienes acaban de ser informados, tal vez “concienciados” con valores sobre la naturaleza, inmediatamente después, se lían a pedradas con unas pobres ardillas!!!???  Evidentemente: algo falla. ¿Qué les han contado? ¿Los contenidos de esas materias escolares que se llaman “conocimiento del medio”, “ciencias naturales”, etc. son realmente pedagógicos?  ¿Pudiera ser, tal vez, que entre lo que les dicen y lo que ven no hubiera una ligazón suficiente? ¿Se debe a la lógica demasiado abstracta de la materia? Me refiero a que si te enseñan una cartulina con un dibujo de una ardilla, te dicen que es de una especie con un nombre raro, que vive en no sé qué hábitat y demás; pudiera parecer una ardilla demasiado genérica, finalmente un simple dibujo (en el arte: “Esto no es una pipa”, ¿me siguen?). La ardilla con nombre y apellidos es la ardilla burladesa de Nogalera, esa ardilla que vemos todos los días y que vive en esas condiciones y no en otras, y, a la que hay que proteger de la tala, de las piedras, de la contaminación y, en ocasiones, de los perros. Es decir, que pudiera ser que estos textos educativos pecaran de abstracción y tal vez debieran estar referidos a nuestro concreto hábitat local, del que respiramos y vivimos, con sus nombres y apellidos, los nuestros: “Iturriapurria” (hidrónimo de uno de los mugarris de la comarca protegido gracias a IKA), las “Ardillas Nogaleras, los viejos chopos lombardos “afincados” allí hace 70 años y no otros, etc. Seres vivos concretos y personalísimos. No es la primera vez que educadores describen esta situación: recuérdese la creencia de algunos adolescentes de que la leche viene del tetrabrik. Según parece, la educación cuanto más “tierra” mejor. ¿Guarda relación lo que me enseñan con la vida? ¿Con mi vida? ¿Con mi entorno? ¿Dónde está lo natural en nuestra vida cotidiana?

Es por eso, que queríamos recordar en esta entrada un hermoso trabajo de Víctor Iraola Calvo, Lucía Esteban Fernández y Carolina Patón Benitez con diseño de Luis Martorell, publicado por el Ayuntamiento de Pamplona (2002), precisamente enfocado en el medio ambiente local. También nos preguntamos cómo es que iniciativas de educación ambiental tan estupendas como Natureskola de Berriozar son premiadas “en el extranjero” y no “en casa”; creemos que deberían recibir más apoyo del que reciben por parte del Gobierno de Navarra, la Mancomunidad o incluso los ayuntamientos de la comarca. Su labor es del todo necesaria y no solamente entre los adolescentes, una educación ambiental a los adultos no estaría nada de mal. Por ejemplo y sintiendo mucho el atrevimiento de la sugerencia, a los trabajadores de Arvena, cuyas conversaciones con respecto a la naturaleza de la Nogalera son más parecidas a la mentalidad de “todo el bosque es leña” que a la del cuidado y respeto por el medio ambiente. Me parece que en los exámenes para trabajos de jardinería deberían incluirse valores sobre el medio ambiente para evitar “cuelgaboinas”.

Los niños y niñas ya se han ido y han dejado el parque infantil regado con una alfombra de papelitos de caramelos que recojo y ofrezco amablemente a los monitores pensando en un próximo y “concreto” ejercicio pedagógico sobre ecología de nuestra abuela (“No es limpio el que limpia, sino el que no ensucia”). Otro tema de clase sin duda: el refugio o la chabola a las orillas del Arga y las barcas piratas, que son divertidas y necesarias, pero cuyas plásticos y demás contaminan si no se recogen.

Bitor, desde hace más de 20 año visitante habitual de la Nogalera de Burlada.

 

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